Declaración de amor a Colombia

 

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Desde el título se teje el lugar desde el cual me enuncio para trazar estas líneas, es decir: el paisaje de los afectos.

“Declaración de amor a Colombia” sería el nombre que la escritora y crítica de arte argentino-colombiana Marta Traba le daría a uno de sus textos sobre arte contemporáneo; tampoco es casualidad que me acompañe una obra del artista, también colombiano, Omar Rayo.

Las señas de identidad que dimensionan la existencia material de un pueblo son tan complejas como difíciles de tejer en un solo modelo o burdo estereotipo, puesto que los sistemas expresivos de comunidades e individuos son tan numerosos como sus habitantes. Con esto quiero decir que colombianos, como venezolanos y el resto de los latinoamericanos son más que música moderna mezclada con matices de la raíz y mujeres bonitas.

Con esto también quiero decir que Colombia es más que violencia, paramilitarismo, narconovelas y guerra.

Cualquier ejercicio de diagnóstico, lectura o análisis sobre los resultados del plebiscito en el vecino país, no dejaría de ser un lugar común más de opinólogos y referentes de la Globalistán reflexiva que resulta la marea de información que se produce desde todos los espacios, tanto de usuarios de redes sociales —convertidos en los nuevos referentes en el devenir 2.0— como las cadenas de noticias del mundo.

Todos han acudido a señalar a un pueblo que supuestamente ha escogido mal su destino.

Los resultados que recién presenciamos son otro ejemplo del modelo fracasado de la democracia occidental. Una vía expedita para reconocer hasta dónde llega una maquinaria electoral en manos de un sistema construido por la cultura narcoparamilitar y la violencia. Más concretamente: el negocio mundial de la guerra.

La derrota del Si evidencia, revela el resultado concreto de una guerra cultural que emplea el miedo como el arma más poderosa de manipulación ¿Qué esperábamos? El mundo entero está siendo sometido a la mayor guerra psicológica de la historia de Occidente y Colombia no iba a ser la excepción.

Cuando el futuro está en juego y más del 60% del electorado se abstiene, paradójicamente, este sector se convierte en la población que escoge sin escoger, pues esta es víctima de lo que vendría a llamar el teórico Vicente Romano: “la formación de la mentalidad sumisa”; una franja de la población que viene a consumir toda la apología a la subordinación sembrada por la propaganda de guerra, que intimida por un lado, y la propaganda de manipulación y consumo de banalidad que modela indiferentes por el otro.

“La indiferencia legitima las arbitrariedades sociales” diría Pierre Bourdieu.

No es necesario señalar más desafueros en una sociedad tan golpeada y sobre todo tan desconocida por el resto de países del continente como la colombiana. Grandes esfuerzos han realizado nuestros pueblos al no permitir que un conflicto bélico de más de 50 años no se haya extendido más allá de sus fronteras. Y esta hazaña no se ha convertido en información viral; las proezas de los condenados de la tierra nunca ha sido buena publicidad.

Culpar por los resultados a colombianas y colombianos —que ha sido el discurso que pretende imponerse en la llamada opinión pública— vendría a ser el más craso error de interpretación, o mejor dicho, la óptica más conveniente de las élites, esto sería: seguir el relato del poder y los poderosos, como si el problema fuese de las colombianas y los colombianos, que vendría a ser la lógica colonial de: pueblo ignorante como su propio victimario.

Afirmar y hacer coro de esta voz es negar la voluntad de supervivencia que es común a los pueblos, los principios de solidaridad del género humano como ser gregario por biología y signo de especie.

Por otro lado, qué conveniente es culpar a los pueblos por sus desgracias. Siempre hay quien se beneficia de justificar la necesidad de corregir, de mandar, de imponer. Quien no sabe cuidarse así mismo merece tener tutores, policías, guardianes o una potencia extranjera en territorio soberano.

Sería productivo un ejercicio de imaginación ¿Quién estaría dispuesto a asumir semejante tarea o mejor dicho quién está realizando dicha labor? Esto podría coquetear con especulaciones y conspiranoias, como pensar que podría haber un pacto velado de Santos y el establishment para desmovilizar a las FARC-EP.

Uno puede responder a esto como lo hace un amigo: a veces es más descabellado creer que no creer, a fin de cuentas, la guerra nunca ha sido negocio de escépticos.

 

Lo cierto es que sigue el imperativo de estos resultados ¿De quién es la culpa, de quién el problema?  Frente a este tipo de interrogantes desenmarañemos el trago grueso que nos mete a juro la mediática. Bajarle dos. Recordar que nunca ha dejado de ser una disputa entre explotadores y explotados. Está fácil la pregunta, como de selección simple: el sistema es el problema, no la gente. No debemos culpar al pueblo, la culpa es de los poderosos que manejan los hilos de las corporaciones, la narcopolítica y la guerra, todos con caras visibles: desde los operadores internos, con el rostro de Uribe definido y en HD a las contratistas militares, intermediarios del alto nivel de la fuerza armada en la compra de juguetes de guerra y el gobierno estadounidense en forma de bases militares y demás despliegue exógeno.

 

El naciente siglo XXI nos demuestra que la actitud frente a los acontecimientos no puede quedarse en lectura, ejercicio estético-discursivo y diagnóstico, sino saltar frente a ellos y proponer; este territorio es y ha sido un lugar de grandes propuestas y hoy la paz lo exige, como diría el colombiano Orlando Fals Borda “la reconstrucción sociopolítica de Colombia”. Es decir, pensar más allá de Colombia, que vendría a ser reflexionar también en una cuenta que incluye a Venezuela, Ecuador, Panamá y todo lo que una vez fue la Gran Colombia que se abre y continúa hacia el sur y todo lo que se hace forma en la integración latinoamericana y todos los países desde México hasta la Patagonia.

 

Ver los resultados hoy, días después de la resaca espiritual de la derrota —fracaso para todos los ciudadanos de este ancho territorio de paz— nos sacude con la  necesidad irrenunciable que tenemos los pueblos de seguir organizándonos, para insurgir contra los poderosos y asesinos de sueños, insurgir contra los siempre enemigos de la paz.

La brújula histórica sigue marcando horizontes: organización, movilización y conciencia para enfrentar las amenazas que se ciernen sobre el continente, en un accionar desde todos los frentes.

Para ilustrar esta idea me gustaría tomar nuevamente la palabra de Fals Borda:

“…crear, hasta con la música, la literatura y otras artes, los movimientos sociales y políticos desde abajo y desde las periferias, las redes de trabajo y las comunicaciones necesarias, con el fin de seguir desplazando a los obsoletos partidos tradicionales y a los gobernantes centralistas, verticales o mesiánicos donde todavía quedan o aspiren a quedarse. Y sigamos afirmando el avance socialista por la vida, la justicia y el progreso humanista que viene desde el sur con movimientos y gobiernos de nueva estampa…”

 

Esta es mi declaración de amor a Colombia, que en cada acontecimiento se convierte en una banda sonora que nos recuerda e insiste en mostrar la salida de los pueblos de este continente: la creación, la búsqueda de lo genuino, la unión, como la obra de Omar Rayo que acompaña este texto: el agarre, la integración de las partes, un tramado único que entrelaza los cabos sueltos para una obra de arte única.

Esta es mi declaración de amor a Colombia, que no está solo llena de Santander(eres), sino habitada por la vida en cada punto de su geografía. Una afortunada, única e irrenunciable hija de Simón Bolívar.

 

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